
En este agradable film, protagonizado por el siempre eficaz Alan Ladd, se nos relata con sencillez -y sin enfatizar- un proyecto épico: el intento de creación de una ciudad, en un territorio alejado de la civilización, y el acercamiento a ella del ferrocarril para beneficiar a sus futuros ciudadanos –ahora humildes rancheros– con el comercio agrícola y ganadero de las lejanas y prósperas urbes.
Aunque los elementos originales no son su fuerte, es esa falta de pretensiones y la honradez de la propuesta la verdadera virtud que nos otorga la película, además de mostrarnos un elenco de grandes actores como el propio Alan Ladd o como los magníficos Edmond O’Brien y Virginia Mayo, que modelan con suficiencia sus personajes.
Praderas, ganado, ciudades en formación, ferrocarril, asesinos sedientos de dinero, héroes… son los ingredientes –tan ineludibles en los westerns– que se conjugan con naturalidad en esta pequeña y agradable cinta, con un guion eficiente, una narración interna afianzada y correctamente dirigida.
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