Se subasta patrimonio ¿quién da más?

La crítica situación del patrimonio riosecano obligó a subastar piezas de las iglesias
La medida no tuvo el efecto deseado y sí desató una amplia repercusión mediática

Por Ángel Gallego Rubio

antiguedades1En esta ocasión no es una leyenda el relato que traemos a esta sección. Ojalá lo hubiera sido, pero fue la cruda realidad. En la segunda mitad de la década de los años 70 del siglo pasado la situación del conjunto histórico-artístico de nuestra ciudad había llegado a un punto crítico. Con infinidad de edificaciones históricas en ruinas, media calle mayor apuntalada, la Iglesia de Santa Cruz derrumbada prácticamente por completo y San Francisco convertido en almacén, el peligro amenazaba ahora a los otros dos grandes templos riosecanos: Santa María y Santiago.

Los recursos del Ayuntamiento eran escasos, y los ímprobos esfuerzos del consistorio riosecano, con su alcalde Manuel Fuentes a la cabeza, por presionar a las altas instituciones del Estado habían resultado infructuosos, probablemente porque estas se encontraban por aquel entonces enfrascadas en pleno proceso de transición a la Democracia y al sistema de gestión autonómico. Así que la mayoría de las peticiones caían en saco roto y los pocos fondos que llegaban se evaporaban con rapidez en cuestiones tan poco prácticas como, por ejemplo, el alquiler de la sempiterna grúa torre que adornó durante muchos años el atrio de Santa Cruz.

subastapatrimonio01El problema era serio y su solución difícil. Un pequeño gran primer paso consistió en la creación de la Comisión pro-restauración de templos, entidad nacida de la unión de diversas asociaciones riosecanas preocupadas por el asunto y que, como primera medida, emprendió una campaña de concienciación ciudadana y una colecta popular que logró recaudar 700.000 pts. con las que se consiguió acometer algunas pequeñas obras de conservación en Santa María, como la reposición de cristaleras en los ventanales o el retejo de algunas zonas de la techumbre. Pero el verdadero peligro radicaba en Santiago, prácticamente cerrada al culto salvo ocasiones excepcionales como el Jueves Santo, pues sus cubiertas amenazaban también con venirse abajo por mor del paso de los siglos y la precaria conservación.

Las acciones emprendidas no eran suficientes. Urgían medidas drásticas y se tomaron. En octubre de 1978 apareció en prensa un anuncio convocando la subasta de objetos religiosos que tendría lugar en la iglesia de San Francisco los días 21 y 22 de ese mes. Parte del patrimonio riosecano estaba en venta como mal menor ante la situación. Una subasta autorizada por la Comisión Provincial del Patrimonio Artístico de Valladolid y la Comisión Diocesana de Arte y con el apoyo de la gran mayoría de los vecinos de la Ciudad.

puntalescallecarnicerias1La actuación, obviamente no exenta de polémica pero repleta de pragmatismo, causó gran expectación, pues en aquellos años estaba de moda entre las clases pudientes adornar sus domicilios con obras de arte religiosas y el negocio de las antigüedades vivía su años más floridos. Por ello muchos anticuarios se interesaron en la subasta, como el por entonces popular Zenón Sierra, que llegó desde la burgalesa Roa e hizo su entrada triunfal en Rioseco a bordo de un espectacular Mercedes valorado en más de cuatro millones de pesetas (lo que en aquella época era el valor de un par de pisos y da la medida de las cifras manejadas en ese negocio).

00010676Pero, naturalmente, los objetos a la venta no eran demasiado valiosos, pues como declaraba el portavoz de la Comisión pro-templos, D. Fernando del Olmo, lo que se subastaba eran pequeñas piezas rescatadas principalmente de los derrumbes de Santa Cruz y de los desvanes del resto de iglesias: trozos de retablos, arcones, columnas, peanas y algunas pequeñas tallas. Lo que los anticuarios calificaron de “leña”. Así que la previsión de lograr dos millones de pesetas quedó reducida a poco más de la mitad a pesar de que se convocó una nueva sesión de subasta para el inmediato 18 de noviembre. Las dos piezas de más valor, unos juegos de columnas cuyo precio de salida eran de 400.000 y 160.000 pts. respectivamente, se quedaron en Rioseco pues nadie pujó por ellas.

En definitiva, económicamente la medida no surtió el deseado efecto, pero sí logró el sentido de denuncia de la situación del patrimonio ya que la subasta tuvo una amplia repercusión mediática a la que se unió un durísimo comunicado de ADELPHA, asociación de defensa ecológica y del patrimonio histórico-artístico, que recogieron diarios nacionales como El País.

subastapatrimonio02Tal vez por ello, o porque en los años siguientes la situación de las Administraciones se había ya estabilizado y normalizado, a partir de esa fecha estas comenzaron a tomarse en serio la conservación del patrimonio y así, a través de las distintas Instituciones, provinciales regionales o estatales llegaron, en 1979, los cinco millones de pesetas para el arreglo del tejado de Santiago y otros nueve para la consolidación de la torre, capillas laterales y retablo de Santa Cruz. En el verano de 1980 se celebró en Rioseco el I Curso de conservación de Imaginería, dirigido por Mariano Nieto. Y en 1981, gracias a un convenio entre la Diputación Provincial de Valladolid y el Ministerio de Cultura, se inyectaron veinte millones de pesetas más destinados a la rehabilitación de la Iglesia de Santa Cruz y tres millones para la restauración de la Capilla de los Benavente. Más tarde llegarían el Plan Piloto de Rehabilitación, el Programa de Rehabilitación Integral del Patrimonio y la culminación con el Proyecto Almirante. Pero eso ya es harina de otro costal.

Como decíamos al principio, no fue una leyenda, ni era la primera vez que ocurría, pero esta curiosa y rocambolesca historia ha de servir para concienciarnos de la importancia de la conservación adecuada y permanente de un patrimonio que, afortunadamente, hoy podemos disfrutar en condiciones casi óptimas. Lo perdido ya no ha de volver, pero todos -Administración, Instituciones, Asociaciones y pueblo llano- debemos colaborar, cada uno dentro de su parcela particular, para que no vuelva a repetirse una situación como la narrada.

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