‘Muero cada amenecer’: género negro y melodrama para una denuncia social

Una crítica a la corrupción política y a la brutalidad de las instituciones

Luis Ángel Lobato

Gran película que aúna el género negro y el melodrama para hacer una denuncia social contra la corrupción política, la injusticia judicial y la brutalidad de las instituciones (con sus funcionarios) penitenciarias, a la vez que exalta la amistad, la lealtad, la solidaridad y el compañerismo de unos hombres atrapados y sin apenas posibilidad de futuro.

Se trata de una película dura -con algunos momentos sentimentales- y con memorables interpretaciones tanto de los dos protagonistas -Cagney, en especial, está insuperable- como la de todos los secundarios.

Lástima que la secuencia final desbarate, por su incongruente aquiescencia hacia la autoridad carcelaria, la propuesta planteada durante todo el metraje anterior: una pena en este sentido.

Con una historia semejante -solo semejante- a la inconmensurable Solo se vive una vez, de Fritz Lang, Muero cada amanecer carece de ese toque de sensibilidad, de lirismo, de la fatalidad del destino que sí inundaba con esplendor la obra maestra de Lang.

Con todo, como ya he apuntado, esta película, dirigida con sabiduría por William Keighley, se alza como una de las grandes obras del drama carcelario y de crítica social del cine americano de los años treinta junto a la ya aludida Solo se vive una vez, de Lang, o Soy un fugitivo, de Mervyn LeRoy.

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