Los premios Goya y más películas que no hay que perderse


Gonzalo F. Blanco

Celebrada la gran fiesta del cine español, como lo es la entrega de los Premios Goya, algunas de las películas premiadas vuelven a estar en pantalla, en una segunda oportunidad para las películas y para el espectador, como es el caso de Tarde para la ira (Goya a la Mejor película y al Mejor director novel) de Raúl Arévalo (y Goya el Mejor actor de reparto para Manolo Solo) que fue reseñada hace dos meses en esta misma sección de La Voz. O Julieta de Pedro Almodóvar (Goya a la Mejor actriz protagonista, Emma Suárez), o Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen (Goya al Mejor actor protagonista para Roberto Álamo). Aparte del Goya a Anna Castillo por El olivo de Icíar Bollaín, o el Goya al Mejor actor revelación para Carlos Santos por El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez, que también fueron comentadas en su momento en esta columna (ver hemeroteca). Lamentablemente no fue posible que Bollywood. Made in Spain de Ramón Margartero obtuviera el Goya al que optaba: Mejor canción original.

Los premios Goya coinciden con un buen momento del cine español, con un sostenido aumento del número de espectadores, y con una auténtica avalancha de buen o sobresaliente cine en las pantallas de distintas procedencias, que toca un amplio abanico de géneros para el gusto de cada espectador, desde el renacido musical al “psicotriller”, pasando por el género “negro o noir”, la comedia, o el western contemporáneo… Empiezo, por tanto, con un repaso de algunas de las que están en pantalla en este momento:

La ciudad de las estrellas (La La Land) de Damien Chazelle, es un musical que ha concitado la unanimidad entusiasta de crítica y público: una película para disfrutar desde el primer segundo, como solo la música es capaz de conseguir, en diálogo con la realidad y sus exigencias: un arranque coral en una autopista, una historia de amor (Emma Stone y Ryan Gosling) que fluctúa entre las exigencias de la ambición artística y las del compromiso mutuo, con un final apoteósico que es una vuelta de tuerca a la trama y un homenaje al musical como género en la historia del cine. Comanchería (Hell or High Water) de David Mackenzie, es un western contemporáneo y social sobre dos hermanos abocados a la delincuencia  contra los bancos que han arruinado a su familia, con un gran Jeff Bridges en el papel de un “ranger” que fracasa parcialmente como policía para  permitir que se haga justicia. Frantz de François Ozon, es una obra mayor en su filmografía (una nueva versión, a la vez, de Remordimiento (1931) de Lubitsch): nos cuenta la visita que un soldado francés hace a los padres y a la novia “viuda” de un soldado alemán muerto en combate, y cómo bregar con la culpa y con las “mentiras piadosas”. Toni Erdmann, de Maren Ade, es una comedia alemana –sí–, bastante mordaz sobre un padre que quiere devolver la felicidad a una hija ejecutiva con una vida anodina y socialmente irresponsable.  Loving, de Jeff Nichols, nos cuenta la historia de una matrimonio interracial en Virginia, que es condenado a cárcel por ese “delito”, sustituido por destierro, en 1958; la trama no se centra tanto en la lucha por los derechos civiles –que también–, como en contarnos una relación de amor en una situación extrema, de forma tierna, sin sentimentalismos: un ejercicio de sutiliza y dignidad tranquila, con Joel Edgerton y una extraordinaria Ruth Negga. Como perros salvajes (Dog eat dog) de Paul Schrader, sobre la pulsión de muerte de tres “matados” (Nicolas Cage, Willem Dafoe y Kayla Perkins) que se llevan por delante sus vidas y la de inocentes… Pero también, Melanie (The girl with all the gifts), una distopía sobre un virus zombi, Múltiple (Split) de M Night Shyamalan, “psicothriller” sobre una mente con veintitrés personalidades, o Vivir de noche de Ben Affleck sobre una novela de Dennis Lahane ambientada en el mundo de la violencia de los años veinte del siglo pasado.

–Silencio de Martin Scorsese, sobre una novela de Shusuko Endo, es una muestra de ese momento en que un creador, un cineasta en este caso, tiene a su alcance conseguir eso que llamamos una obra maestra. Scorsese, en mi opinión, lo alcanza aquí (como en algunas otras películas anteriores, por supuesto), y lo hace acercándose a uno de los temas sobre los que lleva reflexionando desde La última tentación de Cristo: sobre la fe ante el silencio o no silencio de Dios (de ahí el título del film). Dos misioneros portugueses –Adam Driver y Andrew Garfield– se trasladan a Japón para comprobar la posible apostasía de unos de sus hermanos –Liam Neeson– y sostener la fe de los católicos perseguidos. Después de un período de apertura al cristianismo (los tiempos de Francisco Javier) las autoridades japonesas habían cerrado el país al proselitismo de las religiones occidentales por razones de Estado. Scorsese nos cuenta con gran crudeza la situación de los campesinos japoneses que abrazaron la nueva fe y que ahora son perseguidos y viven esa fe en la clandestinidad. También la terrible persecución de las autoridades, con torturas, crímenes y retractaciones públicas, y todo esto ambientado en las durísimas condiciones de vida de la gente común. A los perseguidores no les importa tanto que se retracten los nuevos creyentes japoneses –los siguen torturando igualmente aunque lo hayan hecho– como que lo hagan los misioneros portugueses ante su grey. Y aquí viene el dilema de estos entre elegir un martirio diferido en el tiempo mientras siguen matando a terceros o aparentemente retractarse para salvar la vida de los inocentes. Terrible dilema, terrible infierno en vida, que solo un gran cineasta es capaz de retratar como creo que lo hace en esta película Martin Scorsese. Una película compleja, bella en su dureza, luminosa pues alumbra rincones de nuestras oscuridades espirituales y vitales. El final es impactante y emotivo: nadie, ni el poder más terrible puede arrancarnos nuestras convicciones más profundas, sean estas la que sean. ¿Es esto lo que quiere contarnos Scorsese? Veamos esta película hipnótica, en la que no importa su duración.

–Paterson de Jim Jarmusch es otro de esos grandes regalos que hace el cine, –y las otras artes– de vez en cuando. La obra de un director independiente que ha conseguido una obra maestra después de pruebas y experimentos y algunas otras grandes obras en el camino como Dead Men, por ejemplo. Paterson en el apellido de un “autobusero” que vive en la ciudad de Paterson (Nueva Jersey), que es a la vez la ciudad donde vivió y trabajó William Carlos William, el poeta que escribió, a la vez, un libro titulado Paterson, en el que poeta quiere que esté contenido el universo de su pequeña, en tamaño, ciudad. “Cualquier cosa es buena para la poesía” decía William Carlos Williams, y Jim Jarmusch piensa lo mismo y quiere “visualizarlo” en esta delicia de película que pivota sobre cuatro “personajes” principales (más un japonés), y sobre toda una ciudad como universo que los contiene. Asistimos a escenas de la vida de este conductor durante una semana: su trabajo, sus idas y venidas, las conversaciones que escucha en su autobús o mantiene con el encargado de la cochera, el bar donde se toma una cerveza cada tarde con sus parroquianos, unos normales y otros pintorescos… Y la vida con una esposa capaz de transformar la poesía en movimiento, pero con hechos y gestos sencillos: un desayuno, una caricia, un objeto pintado, que no por cotidianos son menos importantes y que tienen un aire misterioso de dulzura… También es importante un perro, aficionado a los buzones y muy celoso de la importancia de la poesía, que es un personaje más y proporciona a la película un tono humorístico y leve. El cuarto personaje es la poesía misma: esos poemas que escribe el poeta Paterson en la ciudad de Paterson y que nos recuerdan -no sé por qué- al Paterson de William Carlos Williams. El japonés es como la coda en un poema. Contribuye a enlazar lo que vemos con películas anteriores de Jarmusch, con el pensamiento zen y con el humor cervantino que impregna todo el film. Cualquier cosa, en efecto, puede ser buena para la poesía… y para la vida. Esta película lo demuestra.

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